Fuera del Perú muy pocos saben que la ciudad de Lima fue edificada en un valle en el centro de un desierto, donde lo único que nos remece es un terremoto, de vez en cuando.
En Lima no hay vientos ni tempestades, no hay rayos ni tormentas, no hay nieve ni huracanes, ni frío ni calor extremo, ni siquiera llueve. Nunca llueve de verdad, caen apenas unas mezquinas gotas de garúa que sirven de poco para lavar las calles, las casas y las almas de los limeños.
Se trata de una lluvia que no limpia, sino que embarra, que deja sucias y resbalosas las calzadas y las aceras. No llega hasta aquí esa lluvia dura y fuerte que vigoriza el ímpetu de los serranos, ni la lluvia inmensa y poderosa que extirpa la tristeza del espíritu selvático. No, aquí en Lima, apenas garúa.
Y tal vez por eso mismo que el pobre limeño carece de la alegría sincera, de la paz placentera que da tener el alma lavada. Es por eso que el limeño se recoge en sí mismo en una melancolía que nos cubre con un cielo panza-de-burro, donde siempre parece que caerá una tempestad, pero que, nunca, nunca cae.
Mientras que los peruanos selváticos resplandecen de felicidad con una sonrisa sin igual y te hablan con extremo desparpajo de los temas más íntimos y prohibidos, los limeños en cambio, somos gente triste, cabizbaja, introspectiva y huraña.
Es cierto, sonreímos, ante los visitantes y los amigos, pero es una sonrisa triste, sonrisa de enfermo terminal, de aquel que no puede librarse de sus males, de sus prejuicios y de sus miedos. Y sí que tenemos miedo a decir la verdad. Es por ello que los limeños, a diferencia de los selváticos, somos hipócritas, nunca decimos las cosas tal como son.
Quizás se deba también a una herencia colonial, puesto que éramos la sede de la Corona Española en Sudamérica, vivíamos como cortesanos, y actuamos en concordancia, con ese trato manierista y palaciego, que suele ser tan puritano, la mayoría de las veces.
Sin embargo, sorprendentemente es justamente esa cualidad lo que hace que los limeños seamos consideramos gente sumamente refinada, casi aristocrática. Los limeños somos unos ladies & gentlemen, tan aristocrático cuanto un lord inglés, en ocasiones incluso más que ellos.
Nunca hablamos de sexo en público, somos incapaces de mencionar esas cosas que esconden hombres y mujeres, ni siquiera mencionaríamos la palabra de cuatro letas, no, no, es mejor decir, dérrièrre, porque suena más refinado. Jamás hacemos un topless ni usamos tanguitas masculinas en la playa, somos demasiado palatinos para ello y tememos siempre al "qué dirán".
Nunca hablamos de dinero en público, a nadie se le ocurriría preguntarte "¿cuánto ganas?" a una persona que recién conoce, sería una indiscreción total y absoluta para nosotros.
Somos súper polites, no decimos "dame eso", sino, "¿podrías darme eso?". A alguien que no conocemos no le decimos "¿hermano, qué hora es?", sino "perdón, ¿podrías decirme la hora?"
Esa forma de ser del limeño nos transforma en personas realmente aburridas. Claro, tenemos nuestras pequeñas diversiones, salimos a bailar a la discoteca, comemos delicias inmejorables, tomamos cervezas con los amigos, cantamos en un karaoke, pero nunca nos divertimos demasiado.
La diversión siempre tiene un límite para el limeño, nunca tomamos sobredosis de diversión. Nunca llegamos a extremos. Por ejemplo, Lima es una de las pocas ciudades del Perú que no tiene una sola fiesta colectiva en la ciudad. Mientras en todo el país los pueblos realizan grandes celebraciones en fechas específicas, en Lima, apenas dejamos pasar la vida, nadie se preocupa por organizar una gran y enorme celebración.
Esto significa que no hay un Octoberfest, no hay una celebración de 4 de Julio, no hay cuenta regresiva en Año Nuevo, no hay Carnaval, no hay Mardi Grass, no hay grandes ferias, ni grandes bailes, ni sanfermines, ni siquiera una tomatina. No hay una sola fiesta que pueda hacer que los limeños salgamos todos a la calle.
La única excepción es la Procesión del Señor de los Milagros, acontecimiento religioso que mueve enormes masas de fieles, donde todos imploramos al Cristo Moreno que ya no envíe más temblores, por favor.
El resto de celebraciones son realmente pequeñas y aburridas. Son una perfecta manifestación de esa alma limeña de la cual deberíamos librarnos. Es necesario sacudir a esta ciudad insociable y hacer que viva con nuevos aires, que los limeños sintamos y queramos a nuestra ciudad como nadie más lo haría.

Por ello, el aniversario de nuestra Lima debería ser un acontecimiento de verdad, una fiesta que resuene en los oídos de los peruanos y de todas las gentes del mundo, que nos escuchen hasta en París, que sepan de nuestra fiesta en el Japón, en Australia y en la China.
Pero sólo lo lograremos si nos libramos de la tristeza limeña que nos llena de lamentos y nos lleva a cantar una y otra vez, "esta será tal vez mi última canción".
Por ello, en vez de traer entrenadores de fútbol del Brasil deberíamos empezar a traer esos "entrenadores de alegría" brasileños, llamados carnavalescos.
Esos señores que se encargan de organizar el desfile de las escuelas de "samba" en Río de Janeiro, aquellos que montan la alegría en el Brasil. Importemos carnavalescos para que nos entrenen en técnicas de felicidad, que nos enseñen a desinhibirnos y a quitarnos del gran peso que hemos cargado a duras penas durante todo el año que acabamos de dejar atrás.
Hagamos que el Aniversario de Lima se convierta en el Gran Carnaval de la ciudad, donde las municipalidades organicen fiestas en cada distrito, donde sólo entre aquel que esté vestido como un chalán o con su traje de marinera, con sus polleras o sus chullos peruanos, con su sombrero de copa y con levita cual burgués del 1900, o sobre caballo de paso cual José Antonio moderno.
Un gran halloween criollo, un enorme Octoberfest cholo, con grandes serenatas de tunos cantando por las calles como en Sevilla. Criollos entonando polquitas a la luz de la luna, cual mariachis en Guadalajara. Bailando marineras en cada plazoleta como sambas en Río de Janiero. Una gran fiesta que rinda homenaje a nuestra ciudad, que tanto sufre bajo nuestras insensibles manos y que tanto se merece una recompensa jaranera. Una gran fiesta que nos lave el alma y que nos permita enfrentar con alegría todo el año de huelgas, robos, manipulaciones noticiosas, mentiras políticas y coimas judiciales, que se nos avecina.
Un gran carnaval que traiga miles de turistas en enero hacia Lima, en la mejor época del año para nuestra ciudad, cuando el calor ya invade nuestras calles sin sofocarnos como en febrero. La época más propicia para atraer visitantes hacia la capital del Perú y para pasear por las calles de Lima.
Un gran carnaval de aniversario que se transforme en una fiesta de fama mundial y que ponga a Lima, la Ciudad de los Reyes, en el sitial que se merece, la ciudad del "Gran Carnaval del Pacífico" y donde todos, todos los limeños, al menos por un día, seamos todos iguales. Iguales y felices de verdad.
Comentarios (0) Added by admin January 14, 2008 (10:51PM)
ASÍ SOMOS LOS PERUANOS
Por: Raúl de Andrade
La respuesta a tan transcendental pregunta es simple: por culpa de los Alcaldes.
En casi todas las grandes capitales del mundo, las municipalidades locales encuentran en el Año Nuevo una ocasión sin par para atraer turistas, para hacer que la gente se divierta con seguridad y para entregarle un regalo a la ciudad y sus habitantes, algo que los llene de esperanzas y alegrías al recibir el Nuevo Año.
En el Perú no es así. Los peruanos quedamos a nuestro libre albedrío para festejar el réveillon como podamos, esto significa que no existen fiestas populares organizadas por los municipios, que no existen tradiciones controladas y mejoradas por nuestras autoridades ni siquiera fuegos artificiales pagados por la municipalidad. ¡Ni siquiera fuegos artificiales!
Los peruanos comprendemos que estamos en desamparo total, frente a autoridades que se han propuesto que el Año Nuevo del Perú sea el más aburrido del mundo y eso nunca lo vamos a aceptar, es por ello que hemos tomado la decisión de celebrar el Año Nuevo en el Perú, incluso yendo contra la ley, aunque nos persigan, aunque nos recriminen, vamos a continuar celebrando el Año Nuevo.
Y es por eso que, a pesar de los llamados del municipio, de la policía y del gobierno para aburrirnos como plantas en Año Nuevo, los peruanos nos declaramos en rebeldía y decidimos desarrollar nuestras propias tradiciones, marginales, peligrosas, incluso ilegales, pero que nos permiten hacer un ritual de paso de año como la gente, festejando tan importante fecha como se merece.
Uno de esos rituales es quemar un muñeco a medianoche del 31 de diciembre. La tradición es antigua y muy sencilla. En cada calle alguien construye un muñeco hecho con trapos y papel. El fantoche se hace con camisas y pantalones y a veces va acompañado de zapatillas viejas, todo relleno con trapos, papeles e incluso cohetecillos. La cabeza del muñeco puede ser de distintas formas, con frecuencia se trata de una cabeza de tela, con los ojos, nariz y boca pintados. También puede ser una pequeña caja de cartón, de aquellas que sobraron del panteón navideño. Adicionalmente le podemos colocar un sombrero y otros accesorios.
Poco antes de la llegada del Año Nuevo el espantajo es colocado sentado en una silla y rociado con combustible, siendo que a las 12 en punto se le prende fuego, en medio de la algarabía de niños y entusiasmo de adultos.
En los últimos años algunos emprendedores han visto un buen negocio en esta tradición y han comenzado a construir muñecos con la cara de impopulares políticos y personajes públicos peruanos, así, al menos simbólicamente, los notables reciben su merecido a fin del año.
Claro que hay lugares donde no hay ropa sobrante para hacer un muñeco y mucho menos para comprar uno, entonces, la solución encontrada es muy creativa: se quema basura. Así, en las primeras horas del primero de enero es posible ver en toda la ciudad hogueras ardientes que con sus humos negros contaminan toda la ciudad, dándole la apariencia de una ciudad bombardeada.
Peor aún, los muñecos ardientes ocasionan innumerables incendios que deben ser combatidos por los infatigables y abnegados Bomberos Voluntarios del Perú.
Pero también tenemos otra tradición, y ésta es más clandestina, incluso ilegal. A medianoche hacemos explotar fuegos artificiales que nosotros mismos hemos adquirido furtivamente. En todos los mercados de cada barrio existe alguien que vende fuegos artificiales, cohetecillos, cohetones, ratas blancas, mama-ratas y otros potentes explosivos. Sabemos que son peligrosos, pero no podemos evitar venderlos y comprarlos. Nos fascina ver cómo comienzan a explotar a medianoche del 31 de diciembre, como se enciende el cielo de nuestra ciudad y como dejamos atrás un año de tristezas y alegrías para comenzar uno nuevo lleno de esperanza por un futuro mejor.
La policía y la fiscalía se cansan de hacer redadas en busca de estos peligrosos explosivos, pero nunca han podido vencer esta tradición porque es misión imposible combatir el placer de ver maravillosos fuegos artificiales a las doce de la noche del último día del año. Y es que una tradición tan arraigada en nuestra cultura no es posible suprimirla con un decreto municipal.
Así, mientras nos reunimos en algún lugar con los amigos, mientras brindamos con copas de champagne y vemos caer las serpentinas y los confetis, siempre habrá alguien que se haya dado la molestia de buscar un proveedor clandestino de fuegos artificiales y nos alegre la noche de Año Nuevo, iluminando el cielo con luces multicolores que diseñarán caprichosas formas, produciendo la admiración y emoción de toda la familia.
Por eso, los peruanos seguiremos construyendo y quemando muñecos, seguiremos comprando fuegos artificiales, seguiremos dando emoción a nuestros niños.
Seguiremos hasta que llegue un alcalde inteligente que nos proponga un trato: ya no compren más fuegos artificiales, ya no quemen más muñecos porque la municipalidad va a realizar el más sorprendente e impresionante espectáculo de fuegos artificiales en cada plaza municipal del país.
Ya no compren fuegos artificiales porque nosotros haremos una fiesta bonita y segura para toda la familia. Ya no es necesario que infrinjan la ley ni que arriesguen sus vidas, manipulando explosivos porque la municipalidad de tu distrito ha contratado a profesionales que se encargarán de brindarnos una fiesta bonita y segura para tu familia.
Y todos los vecinos de tu municipio se pondrán reunir en la plaza para hacer la cuenta regresiva, con champagne y a las doce en punto vamos a quemar un enorme muñeco que representará el año que se va, será una fiesta increíble e inolvidable, igual que en cualquier país del mundo. Incluso mejor que en Río de Janeiro, mejor que en Nueva York, mejor que en Valparaíso, mejor que el de cualquier país del mundo. ¡Ven con toda tu familia!
Cuando llegue un alcalde así, que nos convenza con ilusión, sólo entonces, dejaremos de comprar fuegos artificiales y de quemar muñecos en la calle. No somos tontos y vamos a preferir asistir a una fiesta segura y bonita antes que tener que arriesgar nuestras vidas haciendo estallar fuegos artificiales clandestinos.
Entre tanto, continuaremos adquiriendo pirotécnicos y quemando muñecos o lo que sea, no vamos a dejar que nuestra tradición se pierda ni que el Año Nuevo del Perú se convierta en el más aburrido del mundo. Escuche señor Alcalde, únase a nosotros, porque usted no podrá vencernos.
Comentarios (0) Added by admin December 29, 2007 (11:52AM)