
Por Raúl de Andrade
Foto: Gustavo Benites
La mayor parte del tiempo los peruanos somos gente sencilla, dulce, educada, gentil, amable y sonriente. Pero estas cualidades intrínsicamente peruanas cambian de pronto cuando formamos una masa, un grupo o un gremio reivindicativo.
Entonces modificamos nuestra conducta y nos transformamos en gente gritona y llamativa, llorona y reclamante. Se trata de una característica tribal, que sólo se manifiesta en masa y que podríamos denominarla “pataleta” o “alharaca”.
Lo que sucede es que cuando formamos un grupo, somos más sensibles que una chica adolescente en medio de su primera regla. Así, cualquier cosa nos pone nerviosos, desconfiados, incluso paranoicos, y vemos conspiraciones en todo rincón oscuro y en cada cojo que se nos cruza por el camino. Y cuando nos ponemos nerviosos, organizamos una alharaca.
Somos realmente sensibles. Cuando estamos en grupo nos ofendemos fácilmente si alguien nos dice algo que no nos gusta o cuando alguien se opone a las ideas de nuestro clan. Y por eso salimos a protestar y arrojamos piedras, por eso contratamos matones para poner orden. Es que no soportamos ofensa alguna, somos un pueblo viril que lucha por las causas más justas y nobles, que nunca nos venderemos por un plato de lentejas. Por eso vamos y le quemamos el quiosco al primer sospechoso que surja en nuestro camino. Luego, se verá si era culpable o no, eso no es importante, nos tiene sin cuidado.
Esta característica peruana no se circunscribe a masas de gentes incultas o carentes de educación, no se trata apenas del “populacho”. Es una característica que se da en todos los niveles de nuestra sociedad, basta con pertenecer a un grupo, un oficio, un clan, un pueblo o simpatizar con un partido político para transformarnos en terribles alharaquientos.
Cuando los periodistas se unen contra alguien, olvidan el concepto de la equidad, entrevistan sólo a acusadores y nunca dan chance de defensa al acusado. Cuando los lecheros hacen una protesta, irán derramando leche en la cara de niños pobres y desnutridos. Cuando los empresarios hacen una protesta, los matones harán mucho ruido mientras los jueces se llenarán de dinero los bolsillos. Cuando los militares hacen una protesta, muchos tanques por la ciudad se pasearán amedrentando a la población. Cuando los agricultores protestan, muchas papas por los cielos volarán. Y cuando los trabajadores de construcción civil hacen una protesta… ¡Dios nos coja confesados!
Pero reitero que este ruido y llanto sólo se produce en grupos o gremios de presión no es una característica individual. Sin embargo, no es necesario afiliarse ni tener carné partidario, basta darnos cuenta que “solos” no vamos a conseguir nada. Entonces, nos juntamos: amas de casa, banqueros, comunistas, comentaristas de televisión, bataclanas, maestros, dueños de diarios, empresarios mineros, los jugadores de fútbol, la junta vecinal del distrito o toda la gente del pueblo, y así, todos juntos, con nuestro gremio, armamos una alharaca.
Somos actores natos
Para enfadarnos, no necesitamos estar seguros de que nuestro opositor haya dicho algo que atente contra nuestra dignidad, basta un rumor para desatar nuestras iras infernales. Y es que los peruanos somos muy buenos para especular, para criticar. Para nosotros es un placer casi orgásmico alzar el dedo acusador ante nuestros opositores.
En cambio, somos pésimos para reconocer que nos hemos equivocado, para pedir disculpas cuando se demuestra que no tuvimos la razón, aún frente a las más grandes evidencias, nunca lo hacemos, jamás pedimos perdón. Es que somos muy viriles, y pedir perdón nos haría poco hombres.
La satisfacción que nos produce echarle las culpas a los otros, nos convierte en personas un poquito exageradas cuando actuamos dentro de nuestro gremio. Así, tenemos un don natural para la actuación y el drama. Somos actores natos y fácilmente podemos interpretar tragedias y desventuras ficticias en televisión, crear noticias y casos falsos y convencer al mundo entero que se tratan de historia reales.
Sin embargo, hay que dejarlo bien claro. Los peruanos no somos mentirosos, somos apenas histriónicos, con vocación para el drama. Se trata de una herencia hispana y andina por igual. Los españoles se lamentaban con sus fandangos y los incas lo hacían con sus harawis. Los peruanos lloramos con nuestros valses criollos que cantan los más profundos pesares y con los huaynos melancólicos que hieren nuestro corazón hasta lo más profundo de nuestro ser.
También es necesario dejar claro que es totalmente falsa la fama de “machistas” que tenemos en otros países. NO SOMOS MACHISTAS, por el contrario, somos muy tolerantes con la mujer. Los peruanos estamos muy lejos de ser machistas, como sí son los mexicanos y españoles. Los peruanos no somos así, la mayoría de nosotros, somos dulces, cariñosos, amables y comprensivos con nuestras mujeres.
Nos fascinan las quijotadas
Quizás nuestro llanto y pataleo grupal se deba a que somos unos quijotes dispuestos a cambiar el mundo ante el primer molino de viento que se nos presente en el camino.
Por ejemplo, estamos luchando para que el día 31 de Octubre no se celebre Halloween porque queremos que ese día todos celebren el Día de la Canción Criolla. Es que el Día de la Canción Criolla es una fecha de gran importancia en el calendario nacional. Desde 1944, ese día celebramos nuestros “aires costeños”, nuestra música de la costa. Y claro, no nos ha caído muy bien que el Día de las Brujas se haya agarrado nuestra fecha y haya sabido seducir a los más jóvenes quienes se dedican a bailar, disfrazarse y disfrutar con dulces esa fecha, antes que cantarse unos valsecitos criollos como antiguamente.
Algunos proponen cambiar de fecha al Día de la Canción Criolla, trasladarlo al 18 de Octubre, que era la fecha original en la que los antiguos se reunían para celebrar nuestra música criolla. Pero ¡NO! Preferimos luchar cuál David frente a Goliat pues Halloween, esa festividad extranjera, maloliente, apestosa, cochina y mugrosa no nos va a vencer.
También queremos que los gays de todo el mundo se hagan otra bandera, porque están usando nuestra sagrada bandera del Tahuantinsuyo para defender sus causas. Es verdad que es muy poco probable que los Incas hayan usado la bandera del Arco Iris, pero lo importante para nosotros, los herederos de los Incas, es que desde los años 70, los peruanos usamos la bandera del arco iris para defender al Imperio Inca y no es justo que ahora, cada vez que protestamos con esa bandera, se nos junte un montón de gente rara pensando que se trata de la marcha del Orgullo Gay. ¡No pues!
Y además, vamos a seguir luchando para que los hispanohablantes no le llamen “chilena” a la jugada de fútbol que consiste en patear la pelota hacia atrás con las piernas al aire. Es que hay muchas pruebas de que esa jugada fue inventada en el puerto del Callao y que originalmente se le llamó “chalaca”. Sin embargo, los chilenos, que les encanta tomar lo nuestro, se quedaron también con el honor de bautizar esta bella jugada del fútbol.
Lo que sucede es que la jugada se hizo famosa por obra de un español que jugaba para la selección chilena en el Sudamericano de Argentina de 1917. Así, ante el asombro de los periodistas sudamericanos, Ramón Unzaga, consiguió varios goles con esta jugada y el mundo hispano comenzó a llamarla “chilena”.
Nosotros entre tanto y desde entonces, continuamos tratando de que todo el mundo use la palabra “chalaca” para referirse a esa jugada, algo que no hemos conseguido lograr a pesar de casi un siglo trascurrido. Pero cómo nos van a tomar en serio si de verdad suena bastante ridículo cuando decimos que la “chilena” es “peruana”.
Algunos dirán que quizás sea mejor llamarla “bicicleta”, tal como lo hacen en Brasil (quienes también aseguran que inventaron la jugada), o “tijera” como lo hacen Ecuador, ya que sería más factible convencer a los hispanoamericanos de usar un término familiar para sustituir a la llamada “chilena”, antes que usar una expresión tan localista como “chalaca”. Pero, ¡NO! Nosotros seguiremos luchando contra viento y marea y contra todos, porque luchamos por la justicia de nuestra causa.
¿Por qué somos tan reclamones?
Es probable, que estemos influenciados por hechos del pasado, en los traumas de la Conquista, de la Independencia, de la guerra con Chile, de la reforma agraria, de los gobiernos corruptos y de los terroristas.
Estamos convencidos que el Perú pre-hispano fue un mundo ideal al cual debemos regresar para recobrar nuestro Imperio magnífico. Porque fue una civilización que logró proezas incomparables en el mundo, como la construcción de Machu Picchu y Sacsayhuamán. Que tuvo el mejor sistema de gobierno que se haya puesto en práctica en la historia de la humanidad, donde nadie pasaba hambre, donde no había delincuencia ni injusticias, donde nadie era pobre porque todos tenían derecho a una parcela de tierra. Donde se desarrolló la patata, tubérculo milenario que salvó a millones de europeos de la hambruna y gracias a ello, los incas eran personas mucho más altas que los españoles, porque tenían mejor alimentación.
Recordemos que todo eso fue un producto de esta tierra, de este pueblo tan desvalorizado, tan menospreciado. Nuestros antepasados eran gentes sin ambiciones personales que siempre luchaban por el bienestar nacional, y que lo hacían con su propio código moral que poseía tres máximas que siempre rigieron sus vidas:
Ama Sua (no seas ladrón).
Ama Lulla (no seas mentiroso).
Ama Quella (no seas ocioso).
¿Se imaginan lo que es perder una tradición así? Una cultura que llegó a uno de los niveles más elevados pero que fue destruida por un grupo de aventureros que se dedicó a saquear durantes siglos la inmensa riqueza que el Perú tenía.
Un pueblo de inmensa tradición cultural siendo invadido por hordas salvajes venidas del sur quienes se dedicaron a incendiar pueblos y convertir bibliotecas en establos.
Claro que los historiadores dicen que el Inca también mataba gente, arrasaba pueblos enteros, expulsaba de sus tierras y esclavizaba a todo aquél que se le opusiera, y dicen que cuando llegaron los españoles nos estábamos peleando a muerte entre nosotros por la mascaipacha o corona real, y que cuando llegaron los chilenos seguíamos guerreando los unos contra los otros.
Pero no tiene importancia lo que digan los historiadores. A nosotros nos parece más bonita una historia con adornos, aunque nuestros antepasados sólo tuvieran 1.60 m. de estatura, es más bonito pensar que tenían 1.80 m., aunque peleábamos a muerte entre todas las panacas o familias para colocar en el trono al siguiente Inca, es bonito pues imaginarnos un mundo ideal que nos fue arrebatado cual Edén perdido por Adán y Eva.
Lo que sucede es que realmente, los peruanos hemos sufrido mucho. Nosotros teníamos riquezas inconmensurables que fueron saqueadas por los españoles y luego por los piratas y luego por los ingleses y luego por los americanos, mientras que nuestro pueblo quedó pobre y abandonado.
Es como si entraran a tu casa y se llevaran todas las joyas que te dejó la abuelita. ¿Te imaginas la rabia que sentirías, la desconfianza hacia los extranjeros que llegan ofreciéndote un “buen negocio”? No pues, no nos engañarán de nuevo con collares de cuentas.
El Imperio Perdido
Nuestra plata enriqueció a España y a toda Europa. Los españoles, como nuevos ricos se dedicaron a gastar el dinero a manos llenas. Y se lo gastaban en lo que más les producía placer: acabar con los infieles y construir enormes Catedrales.
Hay que recordar que los árabes estuvieron 800 años en España y que los españoles expulsaron a los musulmanes el mismo año que se descubrió América, por ende, el recuerdo de los “moros en la costa” era tan latente en aquella época, que había una urgencia imperiosa por afianzar la religión cristiana en todos los pueblos del mundo.
Y como los españoles tenían mucho oro y plata extraídos de nuestra patria, se dedicaron a combatir contra todos los infieles y a gastar todas sus riquezas en armas y guerras. Pero cual nuevos ricos fueron tan desatinados, que toda esa riqueza terminó finalmente en manos de los ingleses.
Con la Conquista de nuestro Imperio Inca perdimos tantas riquezas, que surgió en nosotros un trauma que compartimos con españoles, italianos y griegos y que podríamos llamarlo el “síndrome del Imperio perdido”.
Nos lamentamos por todo aquello que teníamos y ya no tenemos, vivimos permanentemente de “luto”. Y mientras lloramos nuestra pérdida, nuestros vecinos trabajan y se enriquecen. Los ingleses se hacían ricos mientras los españoles lloraban; los alemanes se hacían ricos, mientras los italianos lloraban; los chilenos se hacían ricos, mientras los peruanos llorábamos. Nosotros nos conformamos con lloriquear antes que rompernos el lomo por tratar de ser mejores que nuestros antepasados.
Es necesario que nos libremos de esos traumas del pasado y que aprendamos de las derrotas para fortalecer nuestro espíritu nacional. Debemos librarnos de esas anclas que nos sujetan al pasado, darles solución inmediata, hoy, en este momento y para siempre y entonces seguir adelante.
Hacer como hizo Nelson Mandela, que tras 30 años de cárcel y trabajos forzados salió en libertad sin llantos ni sentimientos de revancha, sino que dijo: vamos a trabajar, vamos a llevar este país hacia delante. Y miren dónde está Sudáfrica hoy, miren todo lo que ha conseguido y todo lo que conseguirá.
Es hora de superar los traumas del pasado, tragedias que deben quedar en los libros de historia y no en nuestros corazones. Es hora de destinar todos nuestros esfuerzos por sacar nuestro Perú adelante, todos juntos, es hora de poner fin a los llantos y las alharacas y dejar el luto para siempre.
Nuestros antepasados nos legaron una historia magnífica, pero a nosotros nos toca darle al Perú un futuro glorioso.

La mayoría de personas no lograr entender la dinámica del tránsito vehicular en el Perú, y por ese motivo se llega a conclusiones equivocadas.
Por ejemplo, es una falacia asegurar que los peruanos manejamos mal. La evidente realidad nos muestra que somos excelentes conductores, es fácil darse cuenta cuán hábiles, avispados y seguros podemos ser frente al volante. Por ello, la habilidad al conducir nunca ha sido el problema de nuestro caos vehicular.
El único y real problema de los peruanos al conducir es que tenemos una monumental falta de respeto por las reglas establecidas por la ley de tránsito.
Algunos dirán que “manejar bien” implica respetar las leyes de tránsito. Pero es que los peruanos sí respetamos las reglas de tránsito, pero sólo lo hacemos cuando viajamos al extranjero.
Vean un peruano: qué bien dirige en las calles de Estados Unidos, que habilidad y corrección demuestra en Madrid, en Milán, en Patterson, incluso aquí cerca, en Arica. A veces la adaptación demora un poco, pero siempre terminamos manejando decentemente.
Muchos extranjeros que pisan por primera vez el Perú, creen que el caos del tránsito es producto del manejo al volante, pero eso no es verdad, ellos son incapaces de percibir que en el Perú existe una sola Ley que es tradicional, consuetudinaria y que se cumple siempre, por todas los peruanos y en todo momento: es la ley del más fuerte.
Esto quiere decir que:
- la bicicleta tiene preferencia sobre el peatón.
- la motocicleta tiene preferencia sobre la bicicleta y el peatón.
- el automóvil tiene preferencia sobre la motocicleta, la bicicleta y el peatón y
- el camión tiene preferencia sobre el automóvil, la motocicleta, la bicicleta y el peatón.
Y esa preferencia es total, aunque el peatón esté sobre la acera. Si el automóvil debe cruzar, es el peatón quien debe detenerse siempre.
Esto se debe a que los conductores peruanos tenemos el síndrome del “correteador de palomas”. Imagínese por un momento que usted está rodeado por decenas de palomas en cualquier plaza de la ciudad, luego, piense que usted es un coche cualquiera y que las palomas representan los otros vehículos y peatones de la ciudad. Entonces échese a correr. ¿Qué sucede? Pues que las palomas salen despavoridas por todas las direcciones.
Los peruanos conducimos nuestros vehículos como “correteadotes de palomas”, tomando el camino que nos viene en gana, y atravesando las calzadas cual bólido desenfrenado del cual debe apartarse todo aquél que estuviera en nuestro camino.
Es increíble como a veces hay un vehículo detenido y el conductor está matando el tiempo, mientras charla por teléfono o llena las palabras cruzadas de un diario. Pero si coincidentemente cuando ese vehículo decide avanzar hay alguien que está pasando frente a él, el conductor, en vez de esperar que el peatón pase, por el contrario, acelera. No importa si antes estuvo tranquilo y relajado ni que tenga mucho tiempo demás para llegar a su destino. Desde el preciso momento en que enciende su vehículo, el conductor peruano está decidido a espantar todas las “palomas” que se le crucen por el camino. Por ello, no lo piense dos veces, si usted es peatón y un vehículo ha encendido su motor frente a usted, échese a correr.
Y es por eso que los peruanos conducimos tocando la bocina ininterrumpidamente, para avisar al resto del mundo que estamos llegando y para que se aparten de nuestro camino si no quieren perecer bajo nuestras furiosas ruedas.
Si en vez de bocina, tuviésemos que ir gritando, lo haríamos vociferando: “¡Sal de mi camino hijo de pe!”.
Por eso mismo, compramos la bocina más escandalosa que podamos conseguir, porque queremos apartar a los otros seres humanos de nuestro camino.
Por ello, si usted es peatón, todo cuidado es poco. Cuando vaya por las calles peruanas, es siempre conveniente que observe con cuidado en todas las direcciones, no nos confiemos si una calle tiene un solo sentido, ya que siempre existe la posibilidad de que alguien retroceda a toda velocidad, sin mirar atrás. Tampoco si el vehículo está detenido gastando el tiempo que la vida le da, porque es probable que el chofer acelere al verlo pasar.
La Cultura Combi
Pero nosotros no éramos así. Todo se inició en los años 80’s, cuando millones de personas llegaron a las grandes ciudades del Perú, huyendo de la violencia terrorista y de la pobreza existentes en el campo. Este flujo masivo de población llevó al colapso del servicio de transporte público. Así, era rutinario ver personas viajando colgadas en las puertas de los autobuses.
Pero como el peruano es muy ingenioso, creó un sistema alternativo de transporte para cubrir la enorme demanda generada. Fue así que surgieron las “combis”, camionetas rurales con capacidad para entre 10 y 15 pasajeros que cumplían la misma función que los autobuses, a un precio ligeramente mayor pero que permitía que los pasajeros se transporten cómodamente sentados.
Hasta ahí todo iba bien. Pero llegaron los años 90’s y mucha gente pudo comprar vehículos importados. Fueron tantos y tantos vehículos pequeños que ingresaron al sistema de transporte público que colapsaron el tránsito de la capital.
La gran oferta de combis en Lima obligó a los propietarios de esos vehículos a iniciar una verdadera guerra cotidiana con otras combis, en lucha por cada uno de los pasajeros de su ruta. Una guerra en la cual todo está permitido.
Fue así que nació la "cultura combi", donde podemos conducir a 20 kms. por hora cuando nuestra combi no tiene pasajeros, pero dispararnos a 100 kms. por hora cuando otra combi amenaza sobrepasarnos y arrebatarnos nuestros amados pasajeros . Las “carreras” entre combis por estar primeros y tomar todos los pasajeros en detrimento de la combi que viene atrás, se convirtieron en hechos rutinarios que ya ocasionaron innumerables muertes. Y esa actitud agresiva frente al volante se trasladó pronto hacia los autobuses, hacia los taxis y hacia los coches particulares. Todos comenzamos a dirigir como “chofer de combi”.
Los disminuidos
Así, dejaron de respetarse las leyes y las preferencias hacia los peatones. Los ancianos y discapacitados tienen ahora muy pocas chances de transitar con seguridad por las calles del Perú.
Andar en bicicleta es un deporte de alto riesgo, comparable a saltar en paracaídas o escalar el Everest. Las ciclovías o “carril bici”, como también son llamadas, son casi inexistentes en el Perú y el ciclista está obligado a compartir la calzada con combis furiosas y camiones irrespetuosos.
Es ya clásica aquella noticia que nos conmovió hace unos años atrás, cuando un ciclista brasileño que pretendía dar la vuelta al mundo en bicicleta, terminó su aventura en el norte del Perú, atropellado por un camión.
Los Buses
Viajar por las carreteras peruanas es también un gran desafío. Antes de embarcarse en un autobús, es conveniente pesquisar cuántos accidentes de tránsito ha tenido el último año la línea que pensamos utilizar. Muchos buses van “caleteando”, es decir que van recogiendo pasajeros por el camino, lo que hace que el viaje demore más de la cuenta y que puedan subir sin identificación, sujetos de mal vivir.
También es necesario informarnos si el conductor será el único que va a dirigir durante todo el trayecto o si se va turnar con algún otro. Los conductores no deberían manejar más de 4 horas seguidas. Sin embargo, en el Perú, algunas empresas permiten que sus empleados dirijan más de 10 horas sin interrupción.
La geografía peruana es muy complicada, los Andes representan un verdadero desafío para los conductores y sus vehículos, pero eso no es todo, debemos sumarle además que muchos conductores beben antes, durante y después de su viaje, haciendo de las carreteras una verdadera ruleta rusa.
El Problema
Muchas leyes han tratado de controlar este caos, muchos hombres de buena fe lo han intentado sin suerte.
El problema radica en la corrupción policial. Cuando alguien es encontrado manejando ebrio, cuando alguien cruza la luz roja o maneja a excesiva velocidad y por un azar del destino es detenido por un policía, bastará darle un sencillo al agente para librarse de toda pena.
Si te pasas la luz roja, es posible resolver el problema con 2 dólares. Manejar sin licencia de conducir habrá que pagar al policía unos 5 dólares. Aunque el precio aumenta si hay varios policías presentes y si hay algún oficial.
Frente a esto, es inútil cualquier ley severa, ninguna es cumplida, a nadie le interesa cumplir una ley que puede ser evadida con el pago de 2 dólares.
Los conductores no cumplen porque pueden pagar a la policía y la policía no cumple con su deber porque perciben un sueldo miserable y pueden recibir una ayuda monetaria por parte de los conductores.
Todos felices, menos los accidentados. Producto de estas condiciones, entre el año 1990 al 2007, han muerto más de 30 mil personas en las carreteras peruanas.
Cada año mueren 136 niños en las pistas del Perú. Son 30 muertos por cada mil vehículos, uno de los índices más altos del mundo en accidentalidad, a pesar que tenemos muchos menos vehículos que en otros países.
La Solución
La única forma de terminar con este terrible círculo vicioso es la implementación de una nueva ley que lleve el poder de castigar hacia la ciudadanía, una norma algo diferente, que podríamos denominar, “ley acusete”.
Esta ley establecería que todos podemos denunciar a los malos conductores. Bastaría llamar a un teléfono gratuito y acusar que un automóvil con una placa de rodaje determinada, ha incumplido una ley de tránsito.
Miles de ojos estarán observando en la ciudad cuando un vehículo cruce una luz roja, cuando no respete un PARE, cuando maneje a excesiva velocidad, cuando no de preferencia a un peatón, muchos estarán dispuestos a denunciar.
Y cuando un vehículo alcance 10 denuncias en un mes, no podrá ser usado durante 15 días. No tendrá que hacer pago alguno, simplemente, no podrá usar su vehículo pues deberá internarlo en un depósito gubernamental.
La denuncia del ciudadano sería confidencial, pero tendría que informar su nombre e indicar su número de documento de identidad.
Y si en las semanas siguientes se reciben 10 denuncias más, el vehículo será internado en un depósito por 30 días, duplicando la penalidad siempre.
Los números de placas que deben ser internadas, serían publicados en los diarios y si los conductores no llevan sus autos a tiempo, para ser internados, podrían duplicar su penalidad.
Para evitar abusos, los reclamos de los conductores deberían ser investigados y sancionados con severidad.
Para implementar la medida, sería necesario cambiar todas las placas de los vehículos, por otras mucho más grandes y con letras y números más visibles ya que las actuales placas son realmente pequeñas, y actualmente se les coloca además, un marco que corta los números y letras haciendo que las placas, en su mayoría no sean visibles o comprensibles a más de 10 o 20 metros. Ese cambio es algo que de todas formas debería hacerse.
Aunque suene extraño, sólo podremos cambiar el tránsito de las calles en el Perú cuando quitemos a la policía la responsabilidad de multar.
Claro, también podríamos subir el sueldo de los policías, pero hasta que ello suceda pueden pasar varios lustros.
El Perú tiene solución, el problema es que quienes nos gobiernan nunca han tenido interés por oír las soluciones que tiene la ciudadanía.
Pero nada está perdido, basta tomar la decisión de cruzar una frontera imaginaria y acabar con el “correteador de palomas” porque con una ley acusete, siempre habrá alguien observando y dispuesto a denunciar.
Entonces, cuando los extranjeros lleguen al Perú podrán seguir sorprendiéndose por nuestra alegría desbordante, nuestra historia, nuestros fascinantes monumentos arqueológicos y por nuestra deliciosa culinaria, y no por nuestro caótico tránsito vehicular.
Comentarios (0) Added by admin February 10, 2008 (7:43PM)