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    A los peruanos nos encanta el llanto y la alharaca

    Por Raúl de Andrade

    Foto: Gustavo Benites

    La mayor parte del tiempo los peruanos somos gente sencilla, dulce, educada, gentil, amable y sonriente. Pero estas cualidades intrínsicamente peruanas cambian de pronto cuando formamos una masa, un grupo o un gremio reivindicativo.

    Entonces modificamos nuestra conducta y nos transformamos en gente gritona y llamativa, llorona y reclamante. Se trata de una característica tribal, que sólo se manifiesta en masa y que podríamos denominarla “pataleta” o “alharaca”.

    Lo que sucede es que cuando formamos un grupo, somos más sensibles que una chica adolescente en medio de su primera regla. Así, cualquier cosa nos pone nerviosos, desconfiados, incluso paranoicos, y vemos conspiraciones en todo rincón oscuro y en cada cojo que se nos cruza por el camino. Y cuando nos ponemos nerviosos, organizamos una alharaca.

    Somos realmente sensibles. Cuando estamos en grupo nos ofendemos fácilmente si alguien nos dice algo que no nos gusta o cuando alguien se opone a las ideas de nuestro clan. Y por eso salimos a protestar y arrojamos piedras, por eso contratamos matones para poner orden. Es que no soportamos ofensa alguna, somos un pueblo viril que lucha por las causas más justas y nobles, que nunca nos venderemos por un plato de lentejas. Por eso vamos y le quemamos el quiosco al primer sospechoso que surja en nuestro camino. Luego, se verá si era culpable o no, eso no es importante, nos tiene sin cuidado.

    Esta característica peruana no se circunscribe a masas de gentes incultas o carentes de educación, no se trata apenas del “populacho”. Es una característica que se da en todos los niveles de nuestra sociedad, basta con pertenecer a un grupo, un oficio, un clan, un pueblo o simpatizar con un partido político para transformarnos en terribles alharaquientos.

    Cuando los periodistas se unen contra alguien, olvidan el concepto de la equidad, entrevistan sólo a acusadores y nunca dan chance de defensa al acusado. Cuando los lecheros hacen una protesta, irán derramando leche en la cara de niños pobres y desnutridos. Cuando los empresarios hacen una protesta, los matones harán mucho ruido mientras los jueces se llenarán de dinero los bolsillos. Cuando los militares hacen una protesta, muchos tanques por la ciudad se pasearán amedrentando a la población. Cuando los agricultores protestan, muchas papas por los cielos volarán. Y cuando los trabajadores de construcción civil hacen una protesta… ¡Dios nos coja confesados!

    Pero reitero que este ruido y llanto sólo se produce en grupos o gremios de presión no es una característica individual. Sin embargo, no es necesario afiliarse ni tener carné partidario, basta darnos cuenta que “solos” no vamos a conseguir nada. Entonces, nos juntamos: amas de casa, banqueros, comunistas, comentaristas de televisión, bataclanas, maestros, dueños de diarios, empresarios mineros, los jugadores de fútbol, la junta vecinal del distrito o toda la gente del pueblo, y así, todos juntos, con nuestro gremio, armamos una alharaca.

    Somos actores natos

    Para enfadarnos, no necesitamos estar seguros de que nuestro opositor haya dicho algo que atente contra nuestra dignidad, basta un rumor para desatar nuestras iras infernales. Y es que los peruanos somos muy buenos para especular, para criticar. Para nosotros es un placer casi orgásmico alzar el dedo acusador ante nuestros opositores.

    En cambio,  somos pésimos para reconocer que nos hemos equivocado, para pedir disculpas cuando se demuestra que no tuvimos la razón, aún frente a las más grandes evidencias, nunca lo hacemos, jamás pedimos perdón. Es que somos muy viriles, y pedir perdón nos haría poco hombres.

    La satisfacción que nos produce echarle las culpas a los otros, nos convierte en personas un poquito exageradas cuando actuamos dentro de nuestro gremio. Así, tenemos un don natural para la actuación y el drama. Somos actores natos y fácilmente podemos interpretar tragedias y desventuras ficticias en televisión, crear noticias y casos falsos y convencer al mundo entero que se tratan de historia reales.

    Sin embargo, hay que dejarlo bien claro. Los peruanos no somos mentirosos, somos apenas histriónicos, con vocación para el drama. Se trata de una herencia hispana y andina por igual. Los españoles se lamentaban con sus fandangos y los incas lo hacían con sus harawis. Los peruanos lloramos con nuestros valses criollos que cantan los más profundos pesares y con los huaynos melancólicos que hieren nuestro corazón hasta lo más profundo de nuestro ser.

    También es necesario dejar claro que es totalmente falsa la fama de “machistas” que tenemos en otros países. NO SOMOS MACHISTAS, por el contrario, somos muy tolerantes con la mujer. Los peruanos estamos muy lejos de ser machistas, como sí son los mexicanos y españoles. Los peruanos no somos así, la mayoría de nosotros, somos dulces, cariñosos, amables y comprensivos con nuestras mujeres.

    Nos fascinan las quijotadas

    Quizás nuestro llanto y pataleo grupal se deba a que somos unos quijotes dispuestos a cambiar el mundo ante el primer molino de viento que se nos presente en el camino.

    Por ejemplo, estamos luchando para que el día 31 de Octubre no se celebre Halloween porque queremos que ese día todos celebren el Día de la Canción Criolla. Es que el Día de la Canción Criolla es una fecha de gran importancia en el calendario nacional. Desde 1944, ese día celebramos nuestros “aires costeños”, nuestra música de la costa. Y claro, no nos ha caído muy bien que el Día de las Brujas se haya agarrado nuestra fecha y haya sabido seducir a los más jóvenes quienes se dedican a bailar, disfrazarse y disfrutar con dulces esa fecha, antes que cantarse unos valsecitos criollos como antiguamente.

    Algunos proponen cambiar de fecha al Día de la Canción Criolla, trasladarlo al 18 de Octubre, que era la fecha original en la que los antiguos se reunían para celebrar nuestra música criolla. Pero ¡NO! Preferimos luchar cuál David frente a Goliat pues Halloween, esa festividad extranjera, maloliente, apestosa, cochina y mugrosa no nos va a vencer.

    También queremos que los gays de todo el mundo se hagan otra bandera, porque están usando nuestra sagrada bandera del Tahuantinsuyo para defender sus causas. Es verdad que es muy poco probable que los Incas hayan usado la bandera del Arco Iris, pero lo importante para nosotros, los herederos de los Incas, es que desde los años 70, los peruanos usamos la bandera del arco iris para defender al Imperio Inca y no es justo que ahora, cada vez que protestamos con esa bandera, se nos junte un montón de gente rara pensando que se trata de la marcha del Orgullo Gay. ¡No pues!

    Y además, vamos a seguir luchando para que los hispanohablantes no le llamen “chilena” a la jugada de fútbol que consiste en patear la pelota hacia atrás con las piernas al aire. Es que hay muchas pruebas de que esa jugada fue inventada en el puerto del Callao y que originalmente se le llamó “chalaca”. Sin embargo, los chilenos, que les encanta tomar lo nuestro, se quedaron también con el honor de bautizar esta bella jugada del fútbol.

    Lo que sucede es que la jugada se hizo famosa por obra de un español que jugaba para la selección chilena en el Sudamericano de Argentina de 1917. Así, ante el asombro de los periodistas sudamericanos, Ramón Unzaga, consiguió varios goles con esta jugada y el mundo hispano comenzó a llamarla “chilena”.

    Nosotros entre tanto y desde entonces, continuamos tratando de que todo el mundo use la palabra “chalaca” para referirse a esa jugada, algo que no hemos conseguido lograr a pesar de casi un siglo trascurrido. Pero cómo nos van a tomar en serio si de verdad suena bastante ridículo cuando decimos que la “chilena” es “peruana”.

    Algunos dirán que quizás sea mejor llamarla “bicicleta”, tal como lo hacen en Brasil (quienes también aseguran que inventaron la jugada), o “tijera” como lo hacen Ecuador, ya que sería más factible convencer a los hispanoamericanos de usar un término familiar para sustituir a la llamada “chilena”, antes que usar una expresión tan localista como “chalaca”. Pero, ¡NO! Nosotros seguiremos luchando contra viento y marea y contra todos, porque luchamos por la justicia de nuestra causa.

    ¿Por qué somos tan reclamones?

    Es probable, que estemos influenciados por hechos del pasado, en los traumas de la Conquista, de la Independencia, de la guerra con Chile, de la reforma agraria, de los gobiernos corruptos y de los terroristas.

    Estamos convencidos que el Perú pre-hispano fue un mundo ideal al cual debemos regresar para recobrar nuestro Imperio magnífico. Porque fue una civilización que logró proezas incomparables en el mundo, como la construcción de Machu Picchu y Sacsayhuamán. Que tuvo el mejor sistema de gobierno que se haya puesto en práctica en la historia de la humanidad, donde nadie pasaba hambre, donde no había delincuencia ni injusticias, donde nadie era pobre porque todos tenían derecho a una parcela de tierra. Donde se desarrolló la patata, tubérculo milenario que salvó a millones de europeos de la hambruna y gracias a ello, los incas eran personas mucho más altas que los españoles, porque tenían mejor alimentación.

    Recordemos que todo eso fue un producto de esta tierra, de este pueblo tan desvalorizado, tan menospreciado. Nuestros antepasados eran gentes sin ambiciones personales que siempre luchaban por el bienestar nacional, y que lo hacían con su propio código moral que poseía tres máximas que siempre rigieron sus vidas:

    Ama Sua (no seas ladrón).
    Ama Lulla (no seas mentiroso).
    Ama Quella (no seas ocioso).

    ¿Se imaginan lo que es perder una tradición así? Una cultura que llegó a uno de los niveles más elevados pero que fue destruida por un grupo de aventureros que se dedicó a saquear durantes siglos la inmensa riqueza que el Perú tenía.

    Un pueblo de inmensa tradición cultural siendo invadido por hordas salvajes venidas del sur quienes se dedicaron a incendiar pueblos y convertir bibliotecas en establos.

    Claro que los historiadores dicen que el Inca también mataba gente, arrasaba pueblos enteros, expulsaba de sus tierras y esclavizaba a todo aquél que se le opusiera, y dicen que cuando llegaron los españoles nos estábamos peleando a muerte entre nosotros por la mascaipacha o corona real, y que cuando llegaron los chilenos seguíamos guerreando los unos contra los otros.

    Pero no tiene importancia lo que digan los historiadores. A nosotros nos parece más bonita una historia con adornos, aunque nuestros antepasados sólo tuvieran 1.60 m. de estatura, es más bonito pensar que tenían 1.80 m., aunque peleábamos a muerte entre todas las panacas o familias para colocar en el trono al siguiente Inca, es bonito pues imaginarnos un mundo ideal que nos fue arrebatado cual Edén perdido por Adán y Eva.

    Lo que sucede es que realmente, los peruanos hemos sufrido mucho. Nosotros teníamos riquezas inconmensurables que fueron saqueadas por los españoles y luego por los piratas y luego por los ingleses y luego por los americanos, mientras que nuestro pueblo quedó pobre y abandonado.

    Es como si entraran a tu casa y se llevaran todas las joyas que te dejó la abuelita. ¿Te imaginas la rabia que sentirías, la desconfianza hacia los extranjeros que llegan ofreciéndote un “buen negocio”? No pues, no nos engañarán de nuevo con collares de cuentas.

    El Imperio Perdido

    Nuestra plata enriqueció a España y a toda Europa. Los españoles, como nuevos ricos se dedicaron a gastar el dinero a manos llenas. Y se lo gastaban en lo que más les producía placer: acabar con los infieles y construir enormes Catedrales.

    Hay que recordar que los árabes estuvieron 800 años en España y que los españoles expulsaron a los musulmanes el mismo año que se descubrió América, por ende, el recuerdo de los “moros en la costa” era tan latente en aquella época, que había una urgencia imperiosa por afianzar la religión cristiana en todos los pueblos del mundo.

    Y como los españoles tenían mucho oro y plata extraídos de nuestra patria, se dedicaron a combatir contra todos los infieles y a gastar todas sus riquezas en armas y guerras. Pero cual nuevos ricos fueron tan desatinados, que toda esa riqueza terminó finalmente en manos de los ingleses.

    Con la Conquista de nuestro Imperio Inca perdimos tantas riquezas, que surgió en nosotros un trauma que compartimos con españoles, italianos y griegos y que podríamos llamarlo el “síndrome del Imperio perdido”.

    Nos lamentamos por todo aquello que teníamos y ya no tenemos, vivimos permanentemente de “luto”. Y mientras lloramos nuestra pérdida, nuestros vecinos trabajan y se enriquecen. Los ingleses se hacían ricos mientras los españoles lloraban; los alemanes se hacían ricos, mientras los italianos lloraban; los chilenos se hacían ricos, mientras los peruanos llorábamos. Nosotros nos conformamos con lloriquear antes que rompernos el lomo por tratar de ser mejores que nuestros antepasados.

    Es necesario que nos libremos de esos traumas del pasado y que aprendamos de las derrotas para fortalecer nuestro espíritu nacional. Debemos librarnos de esas anclas que nos sujetan al pasado, darles solución inmediata, hoy, en este momento y para siempre y entonces seguir adelante.

    Hacer como hizo Nelson Mandela, que tras 30 años de cárcel y trabajos forzados salió en libertad sin llantos ni sentimientos de revancha, sino que dijo: vamos a trabajar, vamos a llevar este país hacia delante. Y miren dónde está Sudáfrica hoy, miren todo lo que ha conseguido y todo lo que conseguirá.

    Es hora de superar los traumas del pasado, tragedias que deben quedar en los libros de historia y no en nuestros corazones. Es hora de destinar todos nuestros esfuerzos por sacar nuestro Perú adelante, todos juntos, es hora de poner fin a los llantos y las alharacas y dejar el luto para siempre.

    Nuestros antepasados nos legaron una historia magnífica, pero a nosotros nos toca darle al Perú un futuro glorioso.

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