
La mayoría de personas no lograr entender la dinámica del tránsito vehicular en el Perú, y por ese motivo se llega a conclusiones equivocadas.
Por ejemplo, es una falacia asegurar que los peruanos manejamos mal. La evidente realidad nos muestra que somos excelentes conductores, es fácil darse cuenta cuán hábiles, avispados y seguros podemos ser frente al volante. Por ello, la habilidad al conducir nunca ha sido el problema de nuestro caos vehicular.
El único y real problema de los peruanos al conducir es que tenemos una monumental falta de respeto por las reglas establecidas por la ley de tránsito.
Algunos dirán que “manejar bien” implica respetar las leyes de tránsito. Pero es que los peruanos sí respetamos las reglas de tránsito, pero sólo lo hacemos cuando viajamos al extranjero.
Vean un peruano: qué bien dirige en las calles de Estados Unidos, que habilidad y corrección demuestra en Madrid, en Milán, en Patterson, incluso aquí cerca, en Arica. A veces la adaptación demora un poco, pero siempre terminamos manejando decentemente.
Muchos extranjeros que pisan por primera vez el Perú, creen que el caos del tránsito es producto del manejo al volante, pero eso no es verdad, ellos son incapaces de percibir que en el Perú existe una sola Ley que es tradicional, consuetudinaria y que se cumple siempre, por todas los peruanos y en todo momento: es la ley del más fuerte.
Esto quiere decir que:
- la bicicleta tiene preferencia sobre el peatón.
- la motocicleta tiene preferencia sobre la bicicleta y el peatón.
- el automóvil tiene preferencia sobre la motocicleta, la bicicleta y el peatón y
- el camión tiene preferencia sobre el automóvil, la motocicleta, la bicicleta y el peatón.
Y esa preferencia es total, aunque el peatón esté sobre la acera. Si el automóvil debe cruzar, es el peatón quien debe detenerse siempre.
Esto se debe a que los conductores peruanos tenemos el síndrome del “correteador de palomas”. Imagínese por un momento que usted está rodeado por decenas de palomas en cualquier plaza de la ciudad, luego, piense que usted es un coche cualquiera y que las palomas representan los otros vehículos y peatones de la ciudad. Entonces échese a correr. ¿Qué sucede? Pues que las palomas salen despavoridas por todas las direcciones.
Los peruanos conducimos nuestros vehículos como “correteadotes de palomas”, tomando el camino que nos viene en gana, y atravesando las calzadas cual bólido desenfrenado del cual debe apartarse todo aquél que estuviera en nuestro camino.
Es increíble como a veces hay un vehículo detenido y el conductor está matando el tiempo, mientras charla por teléfono o llena las palabras cruzadas de un diario. Pero si coincidentemente cuando ese vehículo decide avanzar hay alguien que está pasando frente a él, el conductor, en vez de esperar que el peatón pase, por el contrario, acelera. No importa si antes estuvo tranquilo y relajado ni que tenga mucho tiempo demás para llegar a su destino. Desde el preciso momento en que enciende su vehículo, el conductor peruano está decidido a espantar todas las “palomas” que se le crucen por el camino. Por ello, no lo piense dos veces, si usted es peatón y un vehículo ha encendido su motor frente a usted, échese a correr.
Y es por eso que los peruanos conducimos tocando la bocina ininterrumpidamente, para avisar al resto del mundo que estamos llegando y para que se aparten de nuestro camino si no quieren perecer bajo nuestras furiosas ruedas.
Si en vez de bocina, tuviésemos que ir gritando, lo haríamos vociferando: “¡Sal de mi camino hijo de pe!”.
Por eso mismo, compramos la bocina más escandalosa que podamos conseguir, porque queremos apartar a los otros seres humanos de nuestro camino.
Por ello, si usted es peatón, todo cuidado es poco. Cuando vaya por las calles peruanas, es siempre conveniente que observe con cuidado en todas las direcciones, no nos confiemos si una calle tiene un solo sentido, ya que siempre existe la posibilidad de que alguien retroceda a toda velocidad, sin mirar atrás. Tampoco si el vehículo está detenido gastando el tiempo que la vida le da, porque es probable que el chofer acelere al verlo pasar.
La Cultura Combi
Pero nosotros no éramos así. Todo se inició en los años 80’s, cuando millones de personas llegaron a las grandes ciudades del Perú, huyendo de la violencia terrorista y de la pobreza existentes en el campo. Este flujo masivo de población llevó al colapso del servicio de transporte público. Así, era rutinario ver personas viajando colgadas en las puertas de los autobuses.
Pero como el peruano es muy ingenioso, creó un sistema alternativo de transporte para cubrir la enorme demanda generada. Fue así que surgieron las “combis”, camionetas rurales con capacidad para entre 10 y 15 pasajeros que cumplían la misma función que los autobuses, a un precio ligeramente mayor pero que permitía que los pasajeros se transporten cómodamente sentados.
Hasta ahí todo iba bien. Pero llegaron los años 90’s y mucha gente pudo comprar vehículos importados. Fueron tantos y tantos vehículos pequeños que ingresaron al sistema de transporte público que colapsaron el tránsito de la capital.
La gran oferta de combis en Lima obligó a los propietarios de esos vehículos a iniciar una verdadera guerra cotidiana con otras combis, en lucha por cada uno de los pasajeros de su ruta. Una guerra en la cual todo está permitido.
Fue así que nació la "cultura combi", donde podemos conducir a 20 kms. por hora cuando nuestra combi no tiene pasajeros, pero dispararnos a 100 kms. por hora cuando otra combi amenaza sobrepasarnos y arrebatarnos nuestros amados pasajeros . Las “carreras” entre combis por estar primeros y tomar todos los pasajeros en detrimento de la combi que viene atrás, se convirtieron en hechos rutinarios que ya ocasionaron innumerables muertes. Y esa actitud agresiva frente al volante se trasladó pronto hacia los autobuses, hacia los taxis y hacia los coches particulares. Todos comenzamos a dirigir como “chofer de combi”.
Los disminuidos
Así, dejaron de respetarse las leyes y las preferencias hacia los peatones. Los ancianos y discapacitados tienen ahora muy pocas chances de transitar con seguridad por las calles del Perú.
Andar en bicicleta es un deporte de alto riesgo, comparable a saltar en paracaídas o escalar el Everest. Las ciclovías o “carril bici”, como también son llamadas, son casi inexistentes en el Perú y el ciclista está obligado a compartir la calzada con combis furiosas y camiones irrespetuosos.
Es ya clásica aquella noticia que nos conmovió hace unos años atrás, cuando un ciclista brasileño que pretendía dar la vuelta al mundo en bicicleta, terminó su aventura en el norte del Perú, atropellado por un camión.
Los Buses
Viajar por las carreteras peruanas es también un gran desafío. Antes de embarcarse en un autobús, es conveniente pesquisar cuántos accidentes de tránsito ha tenido el último año la línea que pensamos utilizar. Muchos buses van “caleteando”, es decir que van recogiendo pasajeros por el camino, lo que hace que el viaje demore más de la cuenta y que puedan subir sin identificación, sujetos de mal vivir.
También es necesario informarnos si el conductor será el único que va a dirigir durante todo el trayecto o si se va turnar con algún otro. Los conductores no deberían manejar más de 4 horas seguidas. Sin embargo, en el Perú, algunas empresas permiten que sus empleados dirijan más de 10 horas sin interrupción.
La geografía peruana es muy complicada, los Andes representan un verdadero desafío para los conductores y sus vehículos, pero eso no es todo, debemos sumarle además que muchos conductores beben antes, durante y después de su viaje, haciendo de las carreteras una verdadera ruleta rusa.
El Problema
Muchas leyes han tratado de controlar este caos, muchos hombres de buena fe lo han intentado sin suerte.
El problema radica en la corrupción policial. Cuando alguien es encontrado manejando ebrio, cuando alguien cruza la luz roja o maneja a excesiva velocidad y por un azar del destino es detenido por un policía, bastará darle un sencillo al agente para librarse de toda pena.
Si te pasas la luz roja, es posible resolver el problema con 2 dólares. Manejar sin licencia de conducir habrá que pagar al policía unos 5 dólares. Aunque el precio aumenta si hay varios policías presentes y si hay algún oficial.
Frente a esto, es inútil cualquier ley severa, ninguna es cumplida, a nadie le interesa cumplir una ley que puede ser evadida con el pago de 2 dólares.
Los conductores no cumplen porque pueden pagar a la policía y la policía no cumple con su deber porque perciben un sueldo miserable y pueden recibir una ayuda monetaria por parte de los conductores.
Todos felices, menos los accidentados. Producto de estas condiciones, entre el año 1990 al 2007, han muerto más de 30 mil personas en las carreteras peruanas.
Cada año mueren 136 niños en las pistas del Perú. Son 30 muertos por cada mil vehículos, uno de los índices más altos del mundo en accidentalidad, a pesar que tenemos muchos menos vehículos que en otros países.
La Solución
La única forma de terminar con este terrible círculo vicioso es la implementación de una nueva ley que lleve el poder de castigar hacia la ciudadanía, una norma algo diferente, que podríamos denominar, “ley acusete”.
Esta ley establecería que todos podemos denunciar a los malos conductores. Bastaría llamar a un teléfono gratuito y acusar que un automóvil con una placa de rodaje determinada, ha incumplido una ley de tránsito.
Miles de ojos estarán observando en la ciudad cuando un vehículo cruce una luz roja, cuando no respete un PARE, cuando maneje a excesiva velocidad, cuando no de preferencia a un peatón, muchos estarán dispuestos a denunciar.
Y cuando un vehículo alcance 10 denuncias en un mes, no podrá ser usado durante 15 días. No tendrá que hacer pago alguno, simplemente, no podrá usar su vehículo pues deberá internarlo en un depósito gubernamental.
La denuncia del ciudadano sería confidencial, pero tendría que informar su nombre e indicar su número de documento de identidad.
Y si en las semanas siguientes se reciben 10 denuncias más, el vehículo será internado en un depósito por 30 días, duplicando la penalidad siempre.
Los números de placas que deben ser internadas, serían publicados en los diarios y si los conductores no llevan sus autos a tiempo, para ser internados, podrían duplicar su penalidad.
Para evitar abusos, los reclamos de los conductores deberían ser investigados y sancionados con severidad.
Para implementar la medida, sería necesario cambiar todas las placas de los vehículos, por otras mucho más grandes y con letras y números más visibles ya que las actuales placas son realmente pequeñas, y actualmente se les coloca además, un marco que corta los números y letras haciendo que las placas, en su mayoría no sean visibles o comprensibles a más de 10 o 20 metros. Ese cambio es algo que de todas formas debería hacerse.
Aunque suene extraño, sólo podremos cambiar el tránsito de las calles en el Perú cuando quitemos a la policía la responsabilidad de multar.
Claro, también podríamos subir el sueldo de los policías, pero hasta que ello suceda pueden pasar varios lustros.
El Perú tiene solución, el problema es que quienes nos gobiernan nunca han tenido interés por oír las soluciones que tiene la ciudadanía.
Pero nada está perdido, basta tomar la decisión de cruzar una frontera imaginaria y acabar con el “correteador de palomas” porque con una ley acusete, siempre habrá alguien observando y dispuesto a denunciar.
Entonces, cuando los extranjeros lleguen al Perú podrán seguir sorprendiéndose por nuestra alegría desbordante, nuestra historia, nuestros fascinantes monumentos arqueológicos y por nuestra deliciosa culinaria, y no por nuestro caótico tránsito vehicular.
Comentarios (0) Added by admin February 10, 2008 (7:43PM)
Fuera del Perú muy pocos saben que la ciudad de Lima fue edificada en un valle en el centro de un desierto, donde lo único que nos remece es un terremoto, de vez en cuando.
En Lima no hay vientos ni tempestades, no hay rayos ni tormentas, no hay nieve ni huracanes, ni frío ni calor extremo, ni siquiera llueve. Nunca llueve de verdad, caen apenas unas mezquinas gotas de garúa que sirven de poco para lavar las calles, las casas y las almas de los limeños.
Se trata de una lluvia que no limpia, sino que embarra, que deja sucias y resbalosas las calzadas y las aceras. No llega hasta aquí esa lluvia dura y fuerte que vigoriza el ímpetu de los serranos, ni la lluvia inmensa y poderosa que extirpa la tristeza del espíritu selvático. No, aquí en Lima, apenas garúa.
Y tal vez por eso mismo que el pobre limeño carece de la alegría sincera, de la paz placentera que da tener el alma lavada. Es por eso que el limeño se recoge en sí mismo en una melancolía que nos cubre con un cielo panza-de-burro, donde siempre parece que caerá una tempestad, pero que, nunca, nunca cae.
Mientras que los peruanos selváticos resplandecen de felicidad con una sonrisa sin igual y te hablan con extremo desparpajo de los temas más íntimos y prohibidos, los limeños en cambio, somos gente triste, cabizbaja, introspectiva y huraña.
Es cierto, sonreímos, ante los visitantes y los amigos, pero es una sonrisa triste, sonrisa de enfermo terminal, de aquel que no puede librarse de sus males, de sus prejuicios y de sus miedos. Y sí que tenemos miedo a decir la verdad. Es por ello que los limeños, a diferencia de los selváticos, somos hipócritas, nunca decimos las cosas tal como son.
Quizás se deba también a una herencia colonial, puesto que éramos la sede de la Corona Española en Sudamérica, vivíamos como cortesanos, y actuamos en concordancia, con ese trato manierista y palaciego, que suele ser tan puritano, la mayoría de las veces.
Sin embargo, sorprendentemente es justamente esa cualidad lo que hace que los limeños seamos consideramos gente sumamente refinada, casi aristocrática. Los limeños somos unos ladies & gentlemen, tan aristocrático cuanto un lord inglés, en ocasiones incluso más que ellos.
Nunca hablamos de sexo en público, somos incapaces de mencionar esas cosas que esconden hombres y mujeres, ni siquiera mencionaríamos la palabra de cuatro letas, no, no, es mejor decir, dérrièrre, porque suena más refinado. Jamás hacemos un topless ni usamos tanguitas masculinas en la playa, somos demasiado palatinos para ello y tememos siempre al "qué dirán".
Nunca hablamos de dinero en público, a nadie se le ocurriría preguntarte "¿cuánto ganas?" a una persona que recién conoce, sería una indiscreción total y absoluta para nosotros.
Somos súper polites, no decimos "dame eso", sino, "¿podrías darme eso?". A alguien que no conocemos no le decimos "¿hermano, qué hora es?", sino "perdón, ¿podrías decirme la hora?"
Esa forma de ser del limeño nos transforma en personas realmente aburridas. Claro, tenemos nuestras pequeñas diversiones, salimos a bailar a la discoteca, comemos delicias inmejorables, tomamos cervezas con los amigos, cantamos en un karaoke, pero nunca nos divertimos demasiado.
La diversión siempre tiene un límite para el limeño, nunca tomamos sobredosis de diversión. Nunca llegamos a extremos. Por ejemplo, Lima es una de las pocas ciudades del Perú que no tiene una sola fiesta colectiva en la ciudad. Mientras en todo el país los pueblos realizan grandes celebraciones en fechas específicas, en Lima, apenas dejamos pasar la vida, nadie se preocupa por organizar una gran y enorme celebración.
Esto significa que no hay un Octoberfest, no hay una celebración de 4 de Julio, no hay cuenta regresiva en Año Nuevo, no hay Carnaval, no hay Mardi Grass, no hay grandes ferias, ni grandes bailes, ni sanfermines, ni siquiera una tomatina. No hay una sola fiesta que pueda hacer que los limeños salgamos todos a la calle.
La única excepción es la Procesión del Señor de los Milagros, acontecimiento religioso que mueve enormes masas de fieles, donde todos imploramos al Cristo Moreno que ya no envíe más temblores, por favor.
El resto de celebraciones son realmente pequeñas y aburridas. Son una perfecta manifestación de esa alma limeña de la cual deberíamos librarnos. Es necesario sacudir a esta ciudad insociable y hacer que viva con nuevos aires, que los limeños sintamos y queramos a nuestra ciudad como nadie más lo haría.

Por ello, el aniversario de nuestra Lima debería ser un acontecimiento de verdad, una fiesta que resuene en los oídos de los peruanos y de todas las gentes del mundo, que nos escuchen hasta en París, que sepan de nuestra fiesta en el Japón, en Australia y en la China.
Pero sólo lo lograremos si nos libramos de la tristeza limeña que nos llena de lamentos y nos lleva a cantar una y otra vez, "esta será tal vez mi última canción".
Por ello, en vez de traer entrenadores de fútbol del Brasil deberíamos empezar a traer esos "entrenadores de alegría" brasileños, llamados carnavalescos.
Esos señores que se encargan de organizar el desfile de las escuelas de "samba" en Río de Janeiro, aquellos que montan la alegría en el Brasil. Importemos carnavalescos para que nos entrenen en técnicas de felicidad, que nos enseñen a desinhibirnos y a quitarnos del gran peso que hemos cargado a duras penas durante todo el año que acabamos de dejar atrás.
Hagamos que el Aniversario de Lima se convierta en el Gran Carnaval de la ciudad, donde las municipalidades organicen fiestas en cada distrito, donde sólo entre aquel que esté vestido como un chalán o con su traje de marinera, con sus polleras o sus chullos peruanos, con su sombrero de copa y con levita cual burgués del 1900, o sobre caballo de paso cual José Antonio moderno.
Un gran halloween criollo, un enorme Octoberfest cholo, con grandes serenatas de tunos cantando por las calles como en Sevilla. Criollos entonando polquitas a la luz de la luna, cual mariachis en Guadalajara. Bailando marineras en cada plazoleta como sambas en Río de Janiero. Una gran fiesta que rinda homenaje a nuestra ciudad, que tanto sufre bajo nuestras insensibles manos y que tanto se merece una recompensa jaranera. Una gran fiesta que nos lave el alma y que nos permita enfrentar con alegría todo el año de huelgas, robos, manipulaciones noticiosas, mentiras políticas y coimas judiciales, que se nos avecina.
Un gran carnaval que traiga miles de turistas en enero hacia Lima, en la mejor época del año para nuestra ciudad, cuando el calor ya invade nuestras calles sin sofocarnos como en febrero. La época más propicia para atraer visitantes hacia la capital del Perú y para pasear por las calles de Lima.
Un gran carnaval de aniversario que se transforme en una fiesta de fama mundial y que ponga a Lima, la Ciudad de los Reyes, en el sitial que se merece, la ciudad del "Gran Carnaval del Pacífico" y donde todos, todos los limeños, al menos por un día, seamos todos iguales. Iguales y felices de verdad.
Comentarios (0) Added by admin January 14, 2008 (10:51PM)