Isabel Flores
de Oliva nació el 30 de agosto de 1586; siendo sus padres
don Gaspar Flores, natural de San Juan de Puerto Rico y
la dama peruana doña María de Oliva. Rosa de Lima, la primera
santa americana canonizada, nació en la capital del Perú
en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María
de Oliva.
Aunque la
niña fue bautizada con el nombre de Isabel, en recuerdo
de su abuela materna, al ser confirmada por el gran obispo
Toribio de Mogrovejo, se le agregó el nombre "Rosa",
en honor a su belleza. Desde entonces ya casi nadie la llamó
Isabel; su madre, sus parientes, su profesor, todos al nombrarla,
la llamaban Rosa.
En cierta
ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores
para lucirla ante algunas visitas y Rosa se clavó una de
las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención
de hacer penitencia por aquella vanidad, de suerte que tuvo
después bastante dificultad en quitársela. Como las gentes
alababan frecuentemente su belleza, Rosa solía restregarse
la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión
de tentaciones para nadie.
Una
dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad
de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente
la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de
lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y
otras austeridades aún más sorprendentes la prepararon a
la lucha contra los peligros exteriores y contra sus propios
sentidos. Pero Rosa sabía muy bien que todo ello sería inútil
si no desterraba de su corazón todo amor propio, cuya fuente
es el orgullo, pues esa pasión es capaz de esconderse aun
en la oración y el ayuno. Así pues, se dedicó a atacar el
amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación
de la voluntad propia. Aunque era capaz de oponerse a sus
padres por una causa justa, jamás los desobedeció ni se
apartó de la más escrupulosa obediencia y paciencia en las
dificultades y contradicciones. Rosa tuvo que sufrir enormemente
por parte de quienes no la comprendían.
El padre de
Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia
se vio en circunstancias económicas difíciles. Rosa trabajaba
el día entero en el huerto, cosía una parte de la noche
y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La
santa estaba contenta con su suerte y jamás hubiese intentado
cambiarla, si sus padres no hubiesen querido inducirla a
casarse. Rosa luchó contra ellos diez años e hizo voto de
virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada
al Señor.
El año 1606,
a los 20 años de edad, el día de San Lorenzo, realiza una
de las aspiraciones más ardientes de su vida. Viste el hábito
de Terciaria Dominíca, imitando así a Santa Catalina de
Siena. A partir de entonces, se recluyó prácticamente en
una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre
la cabeza una cinta de plata, cuyo interior era lleno de
puntas sirviendo así como una corona de espinas. Su amor
de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de El, cambiaba
el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo
del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba,
sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del
Santísimo Sacramento o cuando en la comunión unía su corazón
a la Fuente del Amor.
Extraordinarias
pruebas y gracias.
Dios
concedió a su sierva gracias extraordinarias, pero también
permitió que sufriese durante quince años la persecución
de sus amigos y conocidos, en tanto que su alma se veía
sumida en la más profunda desolación espiritual.
El demonio
la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo
que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese
y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y
médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias
eran realmente sobrenaturales.
Rosa pasó
los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo
de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía
particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad
que precedió a su muerte, la oración de la joven era: "Señor,
auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida
tu amor".
Dios la llamó
a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de
edad. El capítulo, el senado y otros dignitarios de la ciudad
se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro.
El Papa
Clemente X la canonizó en 1671.
Aunque no
todos pueden imitar algunas de sus prácticas ascéticas,
ciertamente nos reta a todos a entregarnos como mas pasión
al amado, Jesucristo. Es esa pasión de amor la que nos debe
mover a vivir nuestra santidad abrazando nuestra vocación
con todo el corazón, ya sea en el mundo, en el desierto
o en el claustro.
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