| Considerado
el primer mestizo del Perú. Garcilaso de la Vega buscó su
identidad toda su vida. Es el gran cronista de la historia
antigua del Perú. El
Inca Garcilaso de la Vega y sus Comentarios Reales
Bautizado
como Gómez Suárez de Figueroa, en memoria de uno de sus
abuelos, el Inca Garcilaso de la Vega nació en el Cusco
el 12 de abril de 1539, muy pocos años después de
la muerte de Atahualpa, el último soberano Inca. Fue el
hijo natural del capitán extremeño Sebastián Garcilaso de
la Vega Vargas, conquistador de noble linaje de Castilla,
y de Palla Chimpu Ocllo, bautizada como Isabel, nieta del
Inca Túpac Yupanqui y sobrina del Inca Huayna Cápac.
En aquellos tiempos, los
mestizos fueron llamados hijos de la conquista, hombres
de vidas destruidas, bastardos, hijos de ocasión y pecado
o primeros peruanos. Los estudios etnohistóricos muestran
que en el mundo andino no regían valores vinculados al matrimonio
como sustento de legitimidad -y su consecuencia la condición
de bastardía- tan presentes en los códigos españoles.
Garcilaso tuvo que buscar
su identidad a lo largo de su vida y más tarde decidiría
llamarse Inca Garcilaso de la Vega.
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"A los hijos de español y de india, o de indio y española,
nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas
naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron
hijos en Indias; y por ser nombre impuesto por nuestros
padres y por su significación, me lo llamo yo a boca llena
y me honro con él. Aunque en Indias si a uno de ellos le
dicen sois un mestizo, lo toman por menosprecio" ("Comentarios
Reales")
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Es el quechua su primera lengua y los indios y los niños
mestizos sus compañeros de juego en los años de su infancia,
que transcurrió en el Cusco junto a su madre y parientes
más cercanos en una noble casa de Cusipata.
Viaje a España
Muerto su padre en 1560,
Garcilaso llega a España en busca de los familiares de su
padre y para hacer gestiones que le permitieran conseguir
una pensión por los servicios que aquél había prestado a
la corona. Los trámites ante el Consejo de Indias fueron
frustrados y el joven no pudo conseguir renta alguna.
En 1561 se instala en Montilla,
ciudad en la que fue acogido por su tío paterno, el capitán
Alonso de Vargas, veterano de las guerras de Italia, de
cuya casa (en la calle de su mismo nombre) saldría en escasas
ocasiones.
Usaba todavía el nombre de
Gómez Suárez de Figueroa, hasta que en 1563, adoptó el de
su padre, Garcilaso de la Vega. Fracasado su intento de
regreso al Perú, se radica definitivamente en la Península.
En este contexto se fue españolizando y llegó a ser perfectamente
bilingüe.
Luego ingresa a la milicia
al servicio del rey, combate en la guerra de Las Alpujarras
contra los moriscos en 1570, consiguiendo, también él, conducta
de capitán.
La herencia de su tío
Alonso de Vargas, que falleció
en 1570, instituye heredero de la mitad de sus bienes a
su sobrino, pero con usufructo vitalicio para su viuda.
Hasta la muerte de ésta, son quince años de mucha estrechez
para Garcilaso.
Entregado a la lectura para
ocupar su tiempo, sintió despertársele una vocación literaria
y humanista, que debía acompañarlo en el curso de su larga
vida.
Hacia 1591 se traslada a
Córdoba, había pasado en Montilla treinta años. Inicia aquí,
en plena madurez, la publicación de su obra. Concebida en
su mayor parte durante los largos y fecundos años de retiro
montillano, elaborada consultando la rica biblioteca de
su tío y basada especialmente en el recuerdo de sus memorias
cusqueñas.
Los
Comentarios Reales
En base a los relatos que
escuchara en su juventud de sus parientes indígenas, de
los pasajes vividos por él mismo y de las noticias recogidas
de testigos de la conquista del Perú escribe su obra inmortal
"Los Comentarios Reales". Esta obra comprende dos partes:
en la primera se refiere a los hechos de los incas y su
civilización; en la segunda, a la conquista y las guerras
civiles entre los conquistadores. En esta obra no sólo pone
de manifiesto su gran calidad literaria sino que su interpretación
de los hechos describe al Imperio Incaico como un modelo
ideal a la usanza platónico y muestra a la cultura incaica
a la luz de la cultura occidental.
Al mismo tiempo que se dedica
a su labor literaria, en la que a veces le ayuda su hijo
natural (cuya existencia sólo se descubrió hace unos años),
Garcilaso lleva en Córdoba una vida social, al parecer,
bastante desarrollada. Lo encontramos en diversos negocios
de cereales que le permiten redondear su fortuna, aunque
siempre con suerte diversa en este plano. También escribe
el libro "La Florida del Inca".
En 1612 compró al cabildo
una capilla para su entierro. Al final de sus días se incorporó
incluso al estado clerical, pero sólo de órdenes menores.
El 12 de abril de 1616 cumplió
77 años, y seis días más tarde, estando enfermo, hizo su
testamento.
Finalmente, Garcilaso murió
en Córdoba, España, el 22, 23, ó 24 de abril de 1616
(esta última es la que consta en su partida de defunción
conservada en la catedral cordobesa, fecha que es cuestionada
por diversos historiadores).
Diego de Vargas, hijo suyo
y de doña Beatriz de la Vega, cuidó de que fuera enterrado
la capilla adquirida por Garcilaso, donde permanecen sus
restos.
Su vida y obra fue el reflejo
de una época colonial en la que convivían dos culturas totalmente
diferentes donde no podía sentirse completamente identificado
con ninguna de ellas, por ser mestizo.
Años después de su muerte,
a raíz del alzamiento de Túpac Amaru, en 1782, una Real
cédula de Carlos III ordenó a los virreyes de Lima y de
Buenos Aires recoger todos los ejemplares que pudieran hallar
de los Comentarios del Inca, porque "aprendían en ellos
los naturales muchas cosas inconvenientes". Quedó
prohibido el libro en América y registrado en el índice
expurgatorio... pero en la metrópoli circulaba libremente
y se reimprimía (Madrid, 1801). Obra juzgada peligrosa por
el régimen colonial, era lógico que mereciera todas las
simpatías de los gobiernos independientes. El libertador
San Martín proyectó en 1814 una edición que debía imprimirse
en Londres. Los azares de la guerra lo impidieron. Los Comentarios
y la Conquista no se publicaron en América hasta 1918.
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SUS OBRAS
El latín y
el italiano modelaron su estilo al igual que el de los otros
escritores castellanos contemporáneos a Garcilaso.
En 1586 elabora
la traducción, del italiano, de los Tres Diálogos de
Amor del platónico León Hebreo (Madrid, 1590), el cual
es testimonio irrecusable de las preferencias filosóficas
del Inca.
En 1596 redacta la Relación de la descendencia de Garci-Pérez
de Vargas (Lisboa, 1605), a cuya familia pertenece por
su padre, nos da interesantes noticias autobiográficas.
Su Relación de La Conquista de La Florida (1605)
por el adelantado Fernando de Soto, con resonancias de Boyardo,
de Ariosto y de Ercilla, es como el llamado del Nuevo Mundo
a su hijo, prófugo en el Antiguo.
Los Comentarios Reales de los Incas (Lisboa, 1609)
y la Conquista del Perú (1613) las obras que afianzan
su renombre así en la historia de las letras castellanas
como en las fuentes de los estudios americanistas. Con ellas
no pretende sino salvar recuerdos, apuntalar ruinas.
"Yo, incitado del deseo de la conservación de las antiguallas
de mi patria, esas pocas que han quedado, porque no se pierdan
del todo, me dispuse al trabajo tan excesivo como hasta
aquí me ha sido y delante me ha de ser, al escribir su antigua
república hasta acabarla."
Al fin de su vida trabajaba en su último libro, Historia
General del Perú, planificado como segunda parte de
los Comentarios y publicado tras su muerte (Córdoba, 1617).
LOS COMENTARIOS
REALES DE LOS INCAS
PRIMERA PARTE
DE LOS COMENTARIOS REALES QUE TRATAN DEL ORIGEN DE LOS YNCAS,
REYES QUE FUERON DEL PERU, DE SU IDOLATRIA, LEYES, Y GOVIERNO
EN PAZ Y EN GUERRA: DE SUS VIDAS Y CONQUISTAS, Y DE TODO
LO QUE FUE AQUEL IMPERIO Y SU REPUBLICA ANTES QUE LOS ESPAÑOLES
PASSARAN A EL. ESCRITOS POR EL YNCA GARCILASSO DE LA VEGA,
NATURAL DEL COZCO Y CAPITAN DE SU MAJESTAD
Proemio
Al Lector
Aunque ha habido españoles
curiosos que han escrito las repúblicas del Nuevo Mundo,
como la de México y la del Perú y las de otros reinos de
aquella gentilidad, no ha sido con la relación entera que
de ellos se pudiera dar, que lo he notado particularmente
en las cosas que del Perú he visto escritas, de las cuales,
como natural de la ciudad del Cuzco, que fue otra Roma en
aquel Imperio, tengo más larga y clara noticia que la que
hasta ahora los escritores han dado. Verdad es que tocan
muchas cosas de las muy grandes que aquella república tuvo,
pero escríbenlas tan cortamente que aun las muy notorias
para mí (de la manera que las dicen) las entiendo mal. Por
lo cual, forzado del amor natural de la patria, me ofrecí
al trabajo de escribir estos Comentarios, donde clara y
distintamente se verán las cosas que en aquella república
había antes de los españoles, así en los ritos de su vana
religión como en el gobierno que en paz y en guerra sus
Reyes tuvieron, y todo lo demás que de aquellos indios se
puede decir, desde lo más ínfimo del ejercicio de los vasallos
hasta lo más alto de la corona real. Escribimos solamente
del Imperio de los Incas, sin entrar en otras monarquías,
porque no tengo la noticia de ellas que (tengo) désta.
En el discurso de la historia protestamos la verdad de ella,
y que no diremos cosa grande que no sea autorizándola con
los mismos historiadores españoles que la tocaron en parte
o en todo; que mi intención no es contradecirles, sino servirles
de comento y glosa y de intérprete en muchos vocablos indios,
que, como extranjeros en aquella lengua, interpretaron fuera
de la propiedad de ella, según que largamente se verá en
el discurso de la historia, la cual ofrezco a la piedad
del que la leyere [...].
Libro I, Capítulo XV
El origen de los Incas Reyes del Perú
Viviendo o muriendo aquellas
gentes de la manera que hemos visto, permitió Dios Nuestro
Señor que de ellos mismos saliese un lucero del alba que
en aquellas oscurísimas tinieblas les diese alguna noticia
de la ley natural y de la urbanidad y respetos que los hombres
debían tenerse unos a otros, y que los descendientes de
aquél, procediendo de bien en mejor cultivasen aquellas
fieras y las convirtiesen en hombres, haciéndoles capaces
de razón y de cualquiera buena doctrina, para que cuando
ese mismo Dios, sol de justicia, tuviese por bien de enviar
la luz de sus divinos rayos a aquellos idólatras, los hallase,
no tan salvajes, sino más dóciles para recibir la fe católica
y la enseñanza y doctrina de nuestra Santa Madre Iglesia
Romana, como después acá lo han recibido, según se verá
lo uno y lo otro en el discurso de esta historia; que por
experiencia muy clara se ha notado cuánto más prontos y
ágiles estaban para recibir el Evangelio los indios que
los Reyes Incas sujetaron, gobernaron y enseñaron, que no
las demás naciones comarcanas donde aún no había llegado
la enseñanza de los Incas, muchas de las cuales se están
hoy tan bárbaras y brutas como antes se estaban, con haber
setenta y un años que los españoles entraron en el Perú.
Y pues estamos a la puerta de este gran laberinto, será
bien pasemos adelante a dar noticia de lo que en él había.
Después de haber dado muchas trazas y tomado muchos caminos
para entrar a dar cuenta del origen y principio de los Incas
Reyes naturales que fueron del Perú, me pareció que la mejor
traza y el camino más fácil y llano era contar lo que en
mis niñeces oí muchas veces a mi madre y a sus hermanos
y tíos y a otros sus mayores acerca de este origen y principio,
porque todo lo que por otras vías se dice de él viene a
reducirse en lo mismo que nosotros diremos, y será mejor
que se sepa por las propias palabras que los Incas lo cuentan
que no por las de otros autores extraños. Es así que, residiendo
mi madre en el Cuzco, su patria, venían a visitarla casi
cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades
y tiranías de Atahualpa (como en su vida contaremos) escaparon,
en las cuales visitas siempre sus más ordinarias pláticas
eran tratar del origen de sus Reyes, de la majestad de ellos,
de la grandeza de su Imperio, de sus conquistas y hazañas,
del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes
que tan en provecho y favor de sus vasallos ordenaban. En
suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiese
acaecido que no la trajesen a cuenta.
De las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas
presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado su Imperio
y acabada su república, etc. Estas y otras semejantes pláticas
tenían los Incas Pallas en sus visitas, y con la memoria
del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas
y llanto, diciendo: »Trocósenos el reinar en vasallaje...
« etc. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía
muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oír,
como huelgan los tales de oír fábulas. Pasando pues días,
meses y años, siendo ya yo de diez y seis o diez y siete
años, acaeció que, estando mis parientes un día en esta
su conversación hablando de sus Reyes y antiguallas, al
más anciano de ellos, que era el que daba cuenta de ellas,
le dije:
- Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros, que es
lo que guarda la memoria de las cosas pasadas, ¿qué noticia
tenéis del origen y principio de nuestros Reyes? Porque
allá los españoles y las otras naciones, sus comarcanas,
como tienen historias divinas y humanas, saben por ellas
cuándo empezaron a reinar sus Reyes y los ajenos y al trocarse
unos imperios en otros, hasta saber cuántos mil años ha
que Dios crió el cielo y la tierra, que todo esto y mucho
más saben por sus libros. Empero vosotros, que carecéis
de ellos, ¿qué memoria tenéis de vuestras antiguallas?,
¿quién fue el primero de nuestros Incas?, ¿cómo se llamó?,
¿qué origen tuvo su linaje?, ¿de qué manera empezó a reinar?,
¿con qué gente y armas conquistó este grande Imperio?, ¿qué
origen tuvieron nuestras hazañas? El Inca, como holgándose
de haber oído las preguntas, por el gusto que recibía de
dar cuenta de ellas, se volvió a mí (que ya otras muchas
veces le había oído, mas ninguna con la atención que entonces)
y me dijo:
- Sobrino, yo te las diré de muy buena gana; a ti te conviene
oírlas y guardarlas en el corazón (es frase de ellos por
decir en la memoria). Sabrás que en los siglos antiguos
toda esta región de tierra que ves eran unos grandes montes
y breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivían como
fieras y animales brutos, sin religión ni policía, sin pueblo
ni casa, sin cultivar ni sembrar la tierra, sin vestir ni
cubrir sus carnes, porque no sabían labrar algodón ni lana
para hacer de vestir; vivían de dos en dos y de tres en
tres, como acertaban a juntarse en las cuevas y resquicios
de peñas y cavernas de la tierra. Comían, como bestias,
yerbas del campo y raíces de árboles y la fruta inculta
que ellos daban de suyo y carne humana. Cubrían sus carnes
con hojas y cortezas de árboles y pieles de animales; otros
andaban en cueros. En suma, vivían como venados y salvajinas,
y aun en las mujeres se habían (se comportaban) como
los brutos, porque no supieron tenerlas propias y conocidas.
Adviértase, porque no enfade
el repetir tantas veces estas palabras: »Nuestro Padre el
Sol«, que era lenguaje de los Incas y manera de veneración
y acatamiento decirlas siempre que nombraban al Sol, porque
se preciaban descender de él, y al que no era Inca no le
era lícito tomarlas en la boca, que fuera blasfemia y lo
apedrearan. Dijo el Inca:
- Nuestro Padre el Sol, viendo los hombres tales como te
he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos y envió del
cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos para que
los doctrinasen en el conocimiento de Nuestro Padre el Sol,
para que lo adorasen y tuviesen por su Dios y para que les
diesen preceptos y leyes en que viviesen como hombres en
razón y urbanidad, para que habitasen en casas y pueblos
poblados, supiesen labrar las tierras, cultivar las plantas
y mieses, criar los ganados y gozar de ellos y de los frutos
de la tierra como hombres racionales y no como bestias.
Con esta orden y mandato puso Nuestro Padre el Sol estos
dos hijos suyos en la laguna Titicaca, que está ochenta
leguas de aquí, y les dijo que fuesen por do quisiesen y,
doquiera que parasen a comer o a dormir, procurasen hincar
en el suelo una barrilla de oro de media vara en largo y
dos dedos en grueso que les dio para señal y muestra, que,
donde aquella barra se les hundiese con solo un golpe que
con ella diesen en tierra, allí quería el Sol Nuestro Padre
que parasen e hiciesen su asiento y corte.
Libro II, Capítulo IV
De muchos dioses que los historiadores españoles impropiamente
aplican a los indios
[...] Declarando el nombre
Apachitas que los españoles dan a las cum bres de las cuestas
muy altas y las hacen dioses de los indios, es de saber
que ha de decir Apachecta; es dativo, y el genitivo es Apachecpa,
de este participio de presente apáchec, que es el nominativo,
y con la sílaba ta se hace dativo: quiere decir al que hace
llevar, sin decir quién es ni declarar qué es lo que hace
llevar. Pero conforme al frasis de la lengua , como atrás
hemos dicho, y adelante diremos de la mucha significación
que los indios encierran en sola una palabra, quiere decir
demos gracias y ofrezcamos algo al que hace llevar estas
cargas, dándonos fuerzas y vigor para subir por cuestas
tan ásperas como ésta, y nunca lo decían sino cuando estaban
ya en lo alto de la cuesta, y por esto dicen los historiadores
españoles que llamaban Apachitas a las cumbres de las cuestas,
entendiendo que hablaban con ellas, porque allí le oían
decir esta palabra Apachecta, y, como no entienden lo que
quiere decir, dánselo por nombre a las cuestas. Entendían
los indios, con lumbre natural, que se debían dar gracias
y hacer alguna ofrenda al Pachacámac, se debían dar gracias
y hacer alguna ofrenda al Pachacámac, Dios no conocido que
ellos adoraban mentalmente, por haberles ayudado en aquel
trabajo. [... ]
No miraban al Sol cuando hacían
aquellas ceremonias, porque no era la adoración a él, sino
al Pachacámac. Y las ofrendas, más eran señales de sus afectos
que no ofrendas; porque bien entendían que cosas tan viles
no eran para ofrecer. De todo lo cual soy testigo, que lo
vi caminando con ellos muchas veces. Y más digo, que no
lo hacían los indios que iban descargados, sino los que
llevaban carga. Ahora, en estos tiempos, por la misericordia
de Dios en lo alto de aquellas cuestas tienen puestas cruces,
que adoran en nacimiento de gracias' de habérseles comunicado
Cristo Nuestro Señor.
Libro IX, Capítulo XXXI
Nombres nuevos para nombrar diversas generaciones
Lo mejor de lo que ha pasado
a Indias se nos olvidaba, que son los españoles y los negros
que después acá han llevado por esclavos para servirse de
ellos, que tampoco los había antes en aquella mi tierra.
De estas dos naciones se han hecho allá otras, mezcladas
de todas maneras, y para las diferenciar les llaman por
diversos nombres, para entenderse por ellos. Y aunque en
nuestra historia de La Florida dijimos algo de esto, me
pareció repetirlo aquí, por ser éste su propio lugar. Es
así que al español o española que va de acá llaman español
o castellano, que ambos nombres se tienen allá por uno mismo,
y así he usado yo de ellos en esta historia y en La Florida.
A los hijos de español y de española nacidos allá dicen
criollo o criolla, por decir que son nacidos en Indias.
Es nombre que lo inventaron los negros, y así lo muestra
la obra. Quiere decir entre ellos negro nacido en Indias;
inventáronio para diferenciar los que van de acá, nacidos
en Guinea, de los que nacen allá, porque se tienen por más
honrados y de más calidad por haber nacido en la patria,
que no sus hijos porque nacieron en la ajena, y los padres
se ofenden si les llaman criollos. Los españoles, por la
semejanza, han introducido este nombre en su lenguaje para
nombrar los nacidos allá. De manera que al español y al
guineo nacidos allá les llaman criollos y criollas. Al negro
que va de acá, llanamente le llaman negro o guineo. Al hijo
de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato
y mulata. A los hijos de éstos llaman cholo; es vocablo
de la isla de Barlovento; quiere decir perro, no de los
castizos, sino de los muy bellacos gozcones; y los españoles
usan de él por infamia y vituperio. A los hijos de español
y de india o de indio y española, nos llaman mestizos, por
decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto
por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias,
y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación
me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él. Aunque en
Indias, si a uno de ellos le dicen »sois un mestizo« o »es
un mestizo«, lo toman por menosprecio. De donde nació que
hayan abrazado con grandísimo gusto el nombre montañés,
que, entre otras afrentas y menosprecios que de ellos hizo
un poderoso, les impuso en lugar del nombre mestizo. Y no
consideran que aunque en España el nombre montañés sea apellido
honroso, por los privilegios que se dieron a los naturales
de las montañas de Asturias y Vizcaya, llamándoselo a otro
cualquiera, que no sea natural de aquellas provincias, es
nombre vituperoso, porque en propia significación quiere
decir: cosa de montaña, como lo dice en su Vocabulario el
gran maestro Antonio Lebrija (Nebrija), acreedor
de toda la buena latinidad que hoy tiene España; y en la
lengua general del Perú, para decir montañés dicen sacharuna,
que en propia significación quiere decir salvaje, y por
llamarles aquel buen hombre disimuladamente salvajes, les
llamó montañés; y mis parientes, no entendiendo la malicia
del imponedor, se precian de su afrenta, habiéndole de huir
y abominar, y llarmarse como nuestros padres nos llamaban
y no recibir nuevos nombres afrentosos, etc.

Billete
de 10 Soles con la figura de Garcilaso de la Vega
que circuló en el Perú en la década del '70
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